Pensé que iba a morir por Covid-19

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Soy Sara Estrada, funcionaria del gobierno federal, en la dependencia donde laboro tenemos servicio médico y seguros de gastos médicos mayores, pero de nada me sirvió contar con esa protección, me costó trabajo encontrar un médico que me atendiera, a los que consulté previamente, cuando se enteraban que tenía coronavirus no quisieron recibirme. Me di cuenta que la salud no es para todos.

El 30 de marzo empecé a sentir dolor entre los oídos y el cuello, y en la garganta, pero no me quise sugestionar pensando que tendría Covid-19.

La doctora de la dependencia me revisó, dijo que tenía solo laringitis y que no era necesario derivarme para hacer la prueba del Covid-19. Me tomé las gotas que me recetó, regresé a mis actividades laborales.

Pero cada día que pasaba, mis síntomas eran de una fuerte gripa, con muchos estornudos, escurrimiento nasal, cansancio incluso por estar sentada, y calor, éste último se lo atribuía a que estaba junto a una ventana donde pega el sol, y sudaba.

Con el gran agotamiento que sentía, pensé que algo no está bien. Entonces decidí hacerme la prueba, antes de aplicármela, me hicieron un test, yo presentaba cinco de siete síntomas.

A raíz de mi problema, tengo la preocupación de que el acceso para la salud no es para todos, la prueba básica me costó 4 mil pesos. Una señora de la tercera edad que estaba delante de mí para hacerse la prueba me platicó que estaba muy molesta porque no la querían atender los médicos cuando les explicaba cuáles eran sus síntomas. Creí que era una exageración.

Luego de 72 horas, que se me hicieron eternas, me dieron el resultado positivo a Covid-19. No tenía miedo, por las noticias me enteré que no soy población de riesgo, estoy joven, tengo 33 años; hago ejercicio, el año pasado corrí un maratón; y me alimento bien; no fumo; y bebo poco alcohol en algunas fiestas; no tengo ninguna enfermedad.

Pero de todas formas, pedí en el laboratorio que me recomendaran algún médico por si lo necesitaba. Me dieron el nombre y teléfonos de cinco infectólogos. Cuando llamé, solo respondieron dos.

A la asistente de uno de ellos, cuando le dije el motivo de la consulta, me comentó que me regresaba la llamada, cuando lo hizo, fue para decirme que no me podía atender porque no era necesario, que solo tenía que estar en casa, entrar a la página del gobierno federal para los cuidados y seguir los protocolos para evitar contagios.

Ahora sí le creía a la señora que estaba delante de mí en el laboratorio. Me dio miedo, tenía un virus para el que no hay tratamiento, y los doctores no me querían recibir. Mi única opción era que si me sentía muy mal acudir a urgencias para ver si me podían recibir en uno de los cinco hospitales donde puedo hacer uso del seguro de gastos médicos.

Una amiga me recomendó a un gran médico y con sentido de responsabilidad social que vive en Tamaulipas, para que me diera atención vía telefónica. Fue el único que me atendió.

Conforme pasaron los días perdí el olfato y el gusto, tenía gran dificultad para respirar, como si fuera asmática; punzadas en los pulmones, dolor de cabeza permanente, sudaba al grado de mojar las sábanas y despertar con la ropa húmeda. Por un momento pensé que no iba a contar esto. Del 10 al 12 de abril, estuve en el pico de los síntomas, y a un paso de hospitalizarme.

También me preocupa la doctora que me atendió en el servicio médico de mi trabajo, solo tenía un cubrebocas normal, cuando debía traer una mascarilla N95, con la política de austeridad de la 4T, no tenemos los insumos necesarios, el termómetro se lo puso a varios pacientes, antes lo desinfectaba con alcohol; no tuve la certeza si por cada paciente se retiraba los guantes que usaba. El día que yo acudí con la doctora, también lo hicieron 15 compañeros.

Antes, en cada piso de la institución había un botiquín y los insumos necesarios, a la fecha como no hay adquisiciones, quizá ese gasto ya esté cancelado.

Para mí, esta será una nueva oportunidad que me da Dios y la vida, para ser mejor hija, amiga, profesionista y ciudadana. Esto tiene que ser motivo a un cambio personal, social y colectivo.


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